El sol entre las nubes

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La melancolía, densa y negra, acecha agazapada en los oscuros rincones del alma, pronta para invadirla toda.
A veces, brilla el sol de la esperanza y las sombras retroceden.
Pero es una estrella fugaz que desaparece en el tiempo que dura un suspiro y, de pronto, ya no hay luz, ni ilusión ni alegría. Ningún sentido. Mañana no existe; solo el cruel y angustioso ahora. El mayor pecado es la desesperanza y no quieres incurrir en él pero no tienes manera de evitarlo. Cada minuto, cada hora, conllevan nuevos y peores sufrimientos y los pensamientos son deliberados puñales lacerando la mente.
“¡Morir, morir!”, clama con voz desesperada la propia alma, deseando encontrar alguna forma de paz y libertad. Morir y después la nada, el sueño largo que hará desaparecer la desazón…
Sin embargo, la cobardía inherente a tu humana condición, te impide buscar esa clase de alivio. Sufres, pero esperas que la muerte venga por si misma. No vas a su encuentro por que, aunque ni para ti lo admitirías, ansías seguir revolcándote en el mismo dolor que te la hace desear. De algún modo, eres conciente de que la soledad es la que te ha catapultado al mar de desolación que te rodea, que te envuelve y t e ahoga con tanta eficacia como si de un mar verdadero se tratara. Piensas que quizá la compañía podría cambiar eso pero al mismo tiempo rechazas sistemáticamente cualquier acercamiento u ofrecimiento de ayuda. Por que, ¿qué ayuda cabría aquí?
Solamente podría ayudar quien entendiera tu clase de angustia y no crees posible que alguien pudiera comprender. Tu sufrimiento es tan grande y tan privado, los tortuosos caminos de tu mente tan personales y terroríficos, que tienes la seguridad de no hallar en el mundo persona alguna capaz de compartirlos.
Por supuesto, no puedes hablar de ello, Aunque quisieras, aunque fuera posible explicar la anatomía o la causa de tu tristeza, el nudo en la garganta es tan dañino e insidioso que solo te permite tragar una y otra vez buscando contener el llanto. El silencio se hace dueño de ti y no es un silencio bueno ni cómodo. Es un vacío donde el grito de tu alma está siendo sofocado por la desesperación y la muerte de las ilusiones. No encuentras motivo alguno para seguir viviendo ni puedes adivinar las razones por las que hayas nacido. “¿Para que?”, te preguntas. “¿Para esto?”.
¿Y Dios? El debería ser la respuesta, pero tu agnosticismo no te permite buscarla allí y éste es otro camino cerrado para tu necesidad. Te has convencido de que ya no crees en El, así como has dejado de creer en la fundamental bondad de las personas y en el desinteresado afecto de los que te rodean.
Pero no odias, no. Si así fuera, quizá la ira y el enojo te generarían impulso y tú no sientes nada de eso. Te has rendido sin rendirte del todo y te limitas a encajar los golpes llorando por ti con lágrimas o sin ellas. Lo cotidiano te significa un esfuerzo tan grande de voluntad que ya no quieres bañarte, ni comer, ni levantarte de la cama. Supones que has olvidado que eres una bella persona, de buenos sentimientos y gran inteligencia y que ha dejado de importarte la visión que otros tengan de ti, como ha dejado de importarte todo lo demás. Te imaginas (¡Ah, tu imaginación! Si no fuera tan frondosa quizá sufrirías menos), te imaginas que esta aridez y esta terrible pena continuarán toda la vida y nadie conseguiría convencerte de que la felicidad existe y que en el futuro podría estarte aguardando la parte que te corresponde.
Claro que el futuro no existe para ti… No tienes metas, ni esperanzas, ni amor.
Pero, ¿sabes?, yo estuve donde estás hoy. Y ahora estoy aquí, escribiéndote esta carta.

2 comentarios:

  1. Hola ¡que util este relato para alguien que ha sufrido mucho!
    Siempre hay que tener esperanza porque Dios aprieta pero no ahorca

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  2. te felicito mabelmuy bueno lo tuyo c i

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