-Cuéntame una historia, abuelo.
La niña, once años, trenzas castañas y ojos oscuros, entrelazó las manos sobre las rodillas del anciano. Seguidamente apoyó el mentón sobre ellas y lo miró esperanzada.
-Bueno. Pero no te sientes allí a mis pies. Toma una silla y siéntate a mi lado. Es una historia larga.
Había olor a lluvia en el aire cuando Hugo Bastías se levantó aquella mañana. Bueno, decir mañana era algo bastante moderado porque eran apenas las cuatro y media. Él siempre se levantaba muy temprano porque en el monte se terminaba rápido el tiempo aprovechable. Sin embargo hoy tenía una razón muy poderosa para madrugar. Encendió el fuego y puso la pava directamente sobre las llamas. Una indeleble capa de tizne la cubría, producto de años del mismo tratamiento.
El alba estaba cerca. Él no tenía reloj, pero lo sabía con la certeza que da la experiencia de toda una vida en el campo. Aunque estaba completamente oscuro, ya se oían algunos sonidos que la anunciaban: el resoplido de un caballo en el corral, el pajarito que en algún lugar del monte emitía una única nota dulce y melodiosa y luego callaba.
Nadie acompañaba a Hugo Bastías cuando tomaba mates en el patio de su rancho, pero no siempre había sido así. Hubo un tiempo en el que unos niños jugaban allí y una mujer amasaba el pan y regaba las plantas. Pero ya no estaban. El conocido dolor sordo se abrió paso hasta el pecho de aquel hombre curtido y recio.
Margarita Núñez era una de las seis hijas mujeres de Anastasio Núñez, el puestero del campo vecino; ocho leguas, dos horas de cabalgata. Él la había conocido en una "yerra", que era como llamaban a la marcación de animales. La ocasión promovía una gran fiesta. Acordeones y guitarras sonaban hasta el amanecer después del trabajo.
Margarita no bailaba.
-¿Me permite esta ranchera?- le había preguntado.
-No tengo ganas de bailar- ella parecía triste.
Hugo se había sentido impulsado a quedarse a su lado y, conversando con ella, se enteró de que el puestero de otro campo a ochenta kilómetros de allí, la había pedido en matrimonio. Era un viudo de casi cincuenta años y Margarita estaba francamente aterrorizada ante la perspectiva. Claro está que su padre no la obligaba, pero la presionaban de varias maneras y ella sentía que tendría que ceder.
-¿Para su padre sería lo mismo si usted se casara conmigo en vez de con él? Si usted quiere, digo.
-No sé. Me imagino que sí.
Ella era muy agradable. No precisamente bella pero sí agraciada. Sus modales eran suaves y hacía gala de una gran ternura en el trato con sus hermanas pequeñas. Él supo que no estaba cometiendo un error.
El noviazgo fue muy breve; tres meses y una semana. El tiempo que necesitaba Hugo para poner en condiciones el ranchito que le había legado su tío Juan Bastías.
Sus primeros diez años los había pasado en el barrio más humilde de una ciudad al norte, del otro lado del río Negro. Su padre era un ebrio consuetudinario y su madre... Bueno, su madre era tal por un mero accidente biológico. Tenía cuatro hijos, contándolo a él, a los cuales castigaba por cualquier motivo.
-Vete a mendigar- le ordenaba. Y le pegaba con una tabla si juzgaba que sus esfuerzos en este sentido no habían sido provechosos. Lo hacía incluso con los tres menores, el más chico de los cuales constaba apenas de dos años
Un atardecer especialmente frío, Hugo regresó y encontró a sus hermanos afuera y temblando.
-¿Qué hacen aquí?
-Mamá no nos deja entrar.
Él sabía por qué. Su padre andaba sin duda por uno de los bares de las cercanías. La vivienda constaba de una sola habitación y adentro seguramente su madre estaría acostada con uno de los "tíos". Esperaron acurrucados hasta que el hombre se marchó.
-¿Por qué no deja entrar a los niños?- se atrevió a enfrentar a la mujer.
En el acto ésta fue presa de una furia irracional.
-¿Cómo te atreves, bastardito?- le gritó. Y empezó a pegarle, primero con la palma y luego con el puño cerrado.
En ese momento entró Juan Bastías, el hermano del padre de Hugo. Este tenía un campo modesto de unas dos mil hectáreas. Había trabajado como peón allí y más tarde había comprado las mejoras, que no eran muchas. Vivía solo y de tanto en tanto visitaba la casa de su hermano.
-Me llevaré al muchacho conmigo un tiempo- le había dicho a su madre, que encogió los hombros con indiferencia.
El "tiempo" se había convertido en los siguientes veinticinco años. Hacía tres, Juan había muerto y le dejaba la propiedad a él. Hugo había conocido la felicidad en ese lugar por primera vez. Su tío era más padre para él que el suyo propio. Le enseñó todos los trabajos del campo y también como cazar un puma cebado que que mataba los corderos. Cómo atrapar un avestruz para domesticarlo y los nombres de las plantas y las aves. Vivían muy simplemente. Tenían un ranchito de paredes de adobe de un solo ambiente y sus comidas se reducían a carne asada, mate y galletas secas.
Hugo no había tratado de cambiar nada hasta que decidió casarse con Margarita. Ahora, por ella, agregó una habitación a la casita y construyó una letrina. Pintó las paredes con cal blanca y compró una cama y un colchón.
Se realizó una gran fiesta para la boda. En el puesto de los Núñez se aplanó la tierra del patio y se regó repetidamente para endurecerla. Se carnearon seis corderos y una vaquillona que fueron ensartados en sendos asadores. Los fuegos chisporroteaban y la grasa que escurría sobre las brasas siseaba y chirriaba. En el aire flotaba un delicioso olor a carne asada. Los paisanos de cien kilómetros a la redonda concurrieron. A las cuatro de la mañana el baile estaba en su apogeo y cada tanto las mujeres pasaban con regaderas para aplacar el polvo.
-Nos vamos- dijo Hugo a su esposa.
Ella montó en un caballo –que era toda su dote- y él en otro. Así iniciaron su vida de casados.
Con la llegada de Margarita, él tomó la determinación de mejorar algunas cosas. Lo principal fue el tema del agua.
Siempre se habían arreglado, tanto Juan como él, con la que recogían en unos tambores cuando llovía. Lo hacían por el simple método de colocar una especie de canaleta bajo el alero del rancho. Ahora Hugo decidió instalar un molino.
Dado que el agua se encontraba a mucha profundidad (casi setenta metros) el monto de la colocación de dicho artefacto sobrepasaba los cuatro mil pesos. Hugo fue a la ciudad y trató de conseguir un préstamo, que no logró. Entre tanto nació su primer hijo, Miguel. Lo que producía el campo alcanzaba para que él y su familia vivieran sin sobresaltos, pero estaba lejos de otorgarle la solvencia necesaria para llevar a cabo su ansiado proyecto. Era imposible ampliar el plantel de ovejas, precisamente por la escasez de agua. Ciertamente no era muy abundante por allí.
Pasó otro año y Margarita quedó nuevamente embarazada.
-Si no aumentamos el ganado, nunca ganaremos más que ahora. Si no ganamos más, no podremos colocar el molino. Por otra parte, si no lo instalamos no podemos dejar que crezca el plantel- comentó frustrado a su esposa.
-No parece que haya solución- coincidió ella.
Nació su segundo hijo al cual bautizaron con el nombre Martín. Para tal fin organizaron una pequeña reunión de unas treinta personas, coincidiendo con el paso del cura en su recorrida bimensual por los campos de la zona. Un camino –una huella- llegaba hasta el ranchito de los Bastías. Cuando se aprestaban a dar el primer tajo al asado, alguien señaló una polvareda que se divisaba a lo lejos sobre dicha huella. Como era algo bastante inusual, esperaron curiosos. Diez minutos después se detuvo en el patio una camioneta roja moderna y reluciente, de la cual bajó un hombre de unos cuarenta y cinco años, incómodo y sudoroso con sus ropas de ciudad. Explicó que andaba buscando el campo de los Sepúlveda y fue informado de que se encontraba doce leguas más adelante. Enseguida, en una muestra de la hospitalidad típica de los paisanos, fue invitado a quedarse a almorzar, cosa que aceptó agradecido. Así se enteraron que iba al campo de los Sepúlveda porque pensaba comprarlo.
-Seremos vecinos- dijo con cordialidad a Hugo.
Pasó un año y no volvieron a saber de él.
Hugo realizaba sus tareas con entusiasmo, sabiendo que al terminar la jornada habría pan recién horneado en la casa y los niños lo estarían esperando para que los cargara a horcajadas en sus hombros. Ya les enseñaba a montar e incluso había llevado a Miguel en algunas recorridas cortas. En las tardes tibias de mayo salía con ellos al monte a buscar leña. Les enseñaba los nombres de la vegetación; alpataco, jarilla, sampa. Les mostraba los nidos de las martinetas y las cuevas de los peludos.
-Esta matita de aspecto inofensivo es el neneo- los instruía. –Es la que da ese gusto horrible a la carne de los animales que lo comen.
Les hacía probar el diminuto fruto rojo del piquillín y oler las diversas plantas. Así, día tras día. Quería que sus hijos amaran el monte como él lo hacía.
-Los porteños- les decía –piensan que la meseta patagónica es un desierto. Pero nosotros sabemos que no es así. Vemos que hay liebres que sirven para comer y guanacos y piches. Podemos encontrar ricos huevos de perdiz y avestruz, y tomillo y romero para las comidas de mamá.
Un atardecer de fines de octubre, mientras tomaban mates sentados en el patio, la conocida polvareda anunció que un vehículo se acercaba.
-Tal vez el cura- sugirió Margarita.
-O el mercachifle- aportó él.
Así llamaban al vendedor que, en un pequeño camioncito, llegaba una vez al mes a ofrecer mercaderías. Llevaba en su atestada carrocería, desde ropas, hasta papas y cebollas.
Pero no era ninguno de los dos, sino el hombre de la camioneta roja de un año atrás.
-Siéntese- lo invitó Hugo en el estilo parco pero no desprovisto de cortesía, habitual en la gente del campo.
-¿Se sirve un mate?- preguntó Margarita.
Él les contó que se llamaba Ismael Fuentes y que recién ahora acababa de concretar el negocio con los Sepúlveda. Se trataba de un campo de quince mil hectáreas y los regateos habían sido arduos. Les dijo que en el futuro pasaría a visitarlos a menudo.
Y así lo hizo. En una de tales ocasiones Hugo le comentó la imposibilidad de llevar a cabo su proyecto de instalar un molino.
-Yo le prestaré el dinero- ofreció Ismael.
Acordaron la devolución en seis años, con su correspondiente interés. Fuentes no exigió pagaré alguno porque había juzgado acertadamente la integridad de Hugo Bastías y sabía que éste cumpliría.
Seis meses después, el molino funcionaba. Margarita sembró una huerta y rodeó el patio con flores; dalias, conejitos, junquillo y botón de oro. Plantaron un sauce y un eucaliptus. Hugo dejó de vender los corderos cuando tenían tres o cuatro meses y sus ovejas pronto alcanzaron los cuatro centenares. Las visitas de Ismael Fuentes continuaban, con elogiosas aprobaciones a cada nuevo adelanto observado.
Aunque tardó en darse cuenta de esto, Hugo comenzó a notar una extraña actitud en Margarita. Ella, que siempre había sido muy amable con los visitantes, parecía mostrar cierto rechazo hacia Fuentes. Cuando éste llegaba, invariablemente pretextaba algún quehacer y desaparecía. Se puso a observar con mayor detenimiento y así pudo sorprender un día una mirada muy significativa que el hombre dirigía a su esposa. Ella se ruborizó y enseguida huyó a la cocina.
-¿Ismael te ha molestado de alguna manera?- le preguntó más tarde.
-No. Sólo me mira.
Él frunció el ceño. Nada podía decírsele a un hombre por mirar. Y además estaba aquella maldita deuda de gratitud por el oportuno préstamo.
Una mañana Hugo salió a recorrer la alambrada y descubrió que en cierto punto estaba caída. En la tierra se veían pisadas de varias ovejas que habían pasado por allí. Volvió al rancho en busca de unas mantas y una cantimplora y salió a rastrearlas. Le llevó más de un día encontrarlas y traerlas de regreso.
Margarita estaba sentada cerca de la cocina a leña con la cabeza agachada. También los niños estaban inusualmente silenciosos.
-¿Qué te pasa?- preguntó.
Ella levantó la cara bañada en lágrimas.
-Is... mael Fuentes estuvo aquí- dijo.
Él ya se imaginaba lo que vendría, pero tuvo que preguntar igual.
-¿Qué hizo?
-Él... me... me forzó a...
-¿Delante de los niños?
Ella asintió. Él apretó los labios y sin decir una palabra sacó su cuchillo de la funda y probó el filo en el pulgar. Seguidamente montó a caballo.
En menos de dos horas estuvo en el campo de Fuentes. Éste estaba en ese momento en los corrales viendo cómo los peones domaban unos potros. Hugo desmontó y, sin advertencia previa se abalanzó sobre él. Pero sólo alcanzó a herirlo en un brazo porque el grito de uno de los domadores alertó a Fuentes, que en el último momento se hizo a un lado. Los peones redujeron casi enseguida al agresor que fue atado, cargado en la camioneta roja y entregado a la policía de la ciudad.
Hugo Bastías permaneció tres años en la cárcel. Para un hombre como él, acostumbrado a los espacios abiertos, al aire y al sol; el encierro estuvo a punto de volverlo loco. Sólo lo mantuvo la esperanza de salir para reunirse otra vez con su familia a la que no había vuelto a ver. Y un día las puertas de la prisión se abrieron para él.
Desde lejos vio los árboles del patio casi secos. Ninguna columna de humo se elevaba desde la chimenea. Los perros no salieron a recibirlo y no jugaban los niños ni se oían sus risas desde lejos. Un mal presentimiento se instaló en su corazón.
El tiempo y los elementos habían hecho estragos en el rancho. Puertas y ventanas estaban abiertas y nada había escapado al estropicio. Hacía años que nadie vivía allí.
Hugo fue a casa de los Núñez buscando a su familia. Le dijeron que desde que Margarita se había ido a vivir con un tal Fuentes no habían vuelto a saber de ella ni lo deseaban tampoco. Él los había visitado en una ocasión y les había dicho que ahora Margarita era su mujer, y que la agresión de Hugo había ocurrido al enterarse de que su esposa amaba a Ismael y pensaba abandonarlo para juntarse con él.
¿Se había ido a vivir con Ismael Fuentes? No su Margarita. Hugo no lo creería hasta que lo viera con sus propios ojos. Nuevamente fue al campo de su odiado enemigo. Pero allí no había nadie. La casa –Fuentes había hecho construir una bastante grande para las temporadas que pasaba en el monte- estaba cerrada y se notaba que no había sido habitada en varios meses. La peonada, a aquella hora, estaba toda trabajando. Esperó que volvieran a los galpones y los encaró. Preguntó si alguien sabía dónde estaba su familia pero todos hicieron silencio.
-Me haría falta que algún paisano que sea bien hombre- desafió –me diga lo que necesito saber- Y esperó.
Se adelantó un viejo con la cara tan curtida por el clima y los años, que parecía un cuero secado al sol. –Murieron, don Bastías- dijo.
Hugo sofocó el rugido de furia y dolor que pugnaba por salir.
-¿Cómo?- preguntó.
El viejo le contó que al día siguiente de caer él preso, el señor Fuentes había traído a la casa a la mujer y a los niños. Ellos no parecían estar a gusto allí, porque un par de veces el patrón los había traído de regreso cuando se marchaban caminando a través del monte. Después de eso él creía –dijo el viejo- que la señora Margarita había permanecido encerrada bajo llave porque ya ni se la veía por el patio. Los chicos sin la madre no se alejaban mucho, pero daban bastante guerra al señor Fuentes que pasaba de las suyas para conseguir que le obedecieran. Un domingo hubo fiesta en el campo de los Mansilla y toda la peonada fue. Cuando regresaron el lunes, los niños ya no estaban y el patrón, que andaba con la cara larga, les dijo que los había llevado a pasear en bote por el río Negro, que estaba a treinta kilómetros. Que habían tenido un accidente y que los hermanitos se habían ahogado. Dos días después de eso la señora Margarita se había suicidado cortándose las venas del cuello. Una semana más tarde el patrón se había ido para su casa de Buenos aires y no había vuelto a pasar temporadas largas en el campo. A veces venía por uno o dos días. Cabalgaba un poco, cazaba algún bicho y se volvía para la ciudad.
Hugo regresó al rancho. Ahora era cuestión de esperar nomás.
Ya no le quedaban vacas ni ovejas. Habían seguramente huido atravesando las alambradas caídas o habían sido robadas. Daba igual. Los perros, al no tener quien les diera de comer se habrían vuelto cimarrones. Gallinas, pavos y patos habrían sido comidos por los zorros.
Pero el monte proveía a Hugo. No le faltó qué comer en los largos meses que pasó esperando que Ismael Fuentes retornara al campo. Había enlazado y domesticado un caballo y con él tenía todo lo que necesitaba para movilizarse. Todos los días, a lo sumo día por medio, llegaba hasta las cercanías de la casa de Fuentes para cerciorarse de si había vuelto.
Y por fin, anteayer, lo vio. Hoy se iría otra vez para Buenos Aires, seguro.
Dejó la pava y el mate en el suelo, cerca del fogón. En el este, un amanecer espectacular pintaba el cielo con naranja, violeta y oro. Ya se distinguían perfectamente las plantas del monte y cantaban el zorzal y la calandria. Ensilló su caballo y partió al trote.
Hugo se echó sobre la manta cerca del camino de entrada al campo de Fuentes y aguardó. Más tarde o más temprano pasaría por allí.
Y fue temprano. A las ocho de la mañana comenzó a verse a lo lejos la característica polvareda. Muy pronto, un destello rojo cada vez más grande a medida que la camioneta se acercaba. Deliberadamente Hugo salió del monte y se detuvo en un recodo. Atravesado en el camino, montado en el potro negro, con el sombrero bien encajado y el poncho castaño al viento, parecía un ángel vengador. Y eso era en efecto.
Ismael Fuentes frenó bruscamente al encontrarse con la inesperada aparición. Cuando se dio cuenta de quien se trataba intentó manotear el rifle que llevaba en una funda a su lado. Pero no tuvo tiempo.
De un salto Hugo desmontó y abrió la puerta de un tirón. Prácticamente arrancó al otro del asiento. Con el envión, éste cayó al polvo de la huella y quedó –medio arrodillado, medio sentado- completamente impotente. Pero Hugo no lo atacó en ése momento. Esperó a que se levantara y entonces, con un solo movimiento fluido y veloz, le enterró la daga en el pecho. Desde abajo hacia arriba, como debía ser. Y antes de arrancarla giró un poco la muñeca para asegurarse de que la herida fuera mortal. Enseguida montó en el potro negro y se fue alejando como una sombra rumbo al sur. Siempre al sur, cada vez más lejos, hasta perderse en la inmensidad de las pampas patagónicas.
Los ojos de la chiquilla permanecían fijos en la cara del anciano. Aún continuaba fascinada por el relato.
-Te has quedado muda, niña- sonrió el hombre.
-Oh, sí! Es una historia muy triste- dijo. Y como si se le acabara de ocurrir, preguntó –¿Tú lo conociste?
El viejo permaneció un momento en silencio. Al fin habló con voz apagada.
-Sí. Lo conocí muy bien.
Ella quedó un momento pensativa.
-Abuelo- expresó –¿Te has fijado que el señor era Bastías, como tú? ¿Acaso eran parientes?
Él suspiró –No, no. Casualidad niña. Casualidad...
FIN